Opinión


Por : Rafael Domínguez Rueda 

Día del maestro

Revista de la Semana

De todos los servidores de la sociedad, el maestro es, tal vez, el que mayor entrega, pasión y patriotismo da a su labor social; el arquitecto de los ideales humanos que pone los cimientos del conocimiento, de la paz, del amor y de la verdad en todos los seres, con tal de forjar a ciudadanos que sean orgullo de su familia, trabajen por las mejores causas de la colectividad y engrandezcan a la patria.
Ser maestro es armonizar conjuntamente los valores del espíritu con los corpóreos de sus alumnos. Es redimir y ascender en la escala vital del ser más importante que tiene derecho a su formación plena en medio del estudio como norma y el saber cómo responsabilidad. Por lo general, confundimos el término de maestro con el de profesor; sin embargo, media una distancia enorme entre uno y otro. Son contados los primeros, mientras que los otros son legión. Son profesores todos los que han estudiado para impartir enseñanza y sólo los mueve el estar incluidos en una nómina educativa.
El verdadero maestro, es quien dedica su vida a la formación de mejores personas. El verdadero maestro se forja en el crisol del conocimiento.
Casi siempre las personas que se lo proponen pueden llegar a ser buenos profesores. Lo que nunca se podrá improvisar es el auténtico maestro, aquel que nace con la vocación, con el espíritu de entrega a la docencia, con el entusiasmo de impartir conocimientos sin esperar precisamente una retribución, con la facilidad de trasmitir aptitudes y hacerse comprender de los demás, en la forma adecuada.
Un profesor sustenta su saber sobre un título académico; un maestro lo hace sobre toda una vida de experiencia y aprendizaje. Un profesor no suele conocer a sus alumnos; un maestro percibe como es cada uno de sus alumnos. A un profesor le imponen la materia a enseñar; un maestro enseña su saber. No todo docente alcanza a ser profesor; ni todo profesor es educador. Y no todo educador logra ser maestro. Decía Einstein que el arte más importante de un maestro es saber depositar en sus alumnos la alegría de conocer y crear.
En lo personal, por maestro entiendo al orientador no sólo de niños, sino cumpliendo el triángulo inevitable de la educación, el orientador de los hogares, el orientador de la escuela, el orientador de la calle, del medio ambiente. No podemos separar –y en México siempre se han separado- estos tres elementos.: el hogar, la escuela y la calle, porque solamente de este modo podrá hablarse de educación y no solamente de instrucción. Instructores puede haber muchos y puede ser cualquiera, maestro es aquel que entrega su alma, para con los pedazos de su propia alma. Crear la estatua de una humanidad mejor, más justa, más bella, más humana. ¡Más humana!
Por eso, en esta ocasión tan singular en que la sociedad mexicana les rindió singular homenaje de veneración, respeto y gratitud a su noble y acendrada labor educativa, es importante también señalar que su apostolado cotidiano en bien de la niñez, la adolescencia y la juventud debe ser correspondido por parte del gobierno y autoridades educativas, otorgándoles mejores perspectivas de bienestar social, sobre todo, en el aspecto económico que es el más lacerante para todo trabajador asalariado, en épocas tan difíciles como la que nos ha tocado vivir.  
Si en verdad se quiere mejorar la calidad de la educación, es menester prepararlos bien, capacitarles mejor y otorgar al maestro un salario digno y confiable, acorde con los resultados y el papel importante que desempeña dentro del conglomerado social como promotor principal del proceso enseñanza-aprendizaje. 
Así estaremos otorgándoles el más grande reconocimiento a su desinteresada labor, labor que, indudablemente, se traducirá en una calidad total en la educación.
Felicidades maestros, trabajadores de la educación, forjadores del futuro de nuestros hijos.
¡HONOR Y GLORIA A SU NOBLE APOSTOLADO!

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