Edicion : a jueves, 5 de diciembre de 2019 Edicion Actual

Opinión


Por : Álvaro Venegas Sánchez 

Primer año de dos sexenios


Publicada:  02 diciembre, 2019 -- Actualizada: 02 diciembre, 2019

Roger Bartra, antropólogo, sociólogo, ex miembro del PCM y del PSUM e hijo de exiliados de la dictadura franquista lamentó que, en la elección presidencial del 2018, no hubiera una opción de izquierda. Que José Antonio Meade, Ricardo Anaya y Andrés Manuel López Obrador representaban tres versiones claras de la derecha: “Los dos primeros abanderan la derecha tecnocrática y Obrador promueve un populismo conservador con influencia hasta religiosa”. Y durante la campaña, análisis y descalificaciones abundaron. Al final el electorado, sin importar ideologías, tuvo que decidir entre continuismo y corrupción del PAN y el PRI o la posibilidad de cambio con el candidato de Morena.

Otro dato para recordar el contexto. El regreso del PRI a Los Pinos después de dos periodos del PAN, quedó enmarcado el 1 de diciembre del 2012, con fuertes protestas, especialmente violentas en la Ciudad de México, durante la toma de posesión de Enrique Peña Nieto. Represión y arrestos injustificados. Se habló de centenares de heridos y 103 detenidos. La administración perredista capitaneada por Miguel Ángel Mancera, inexplicablemente fue dura con ellos; incluso amagó con acusarlos de terrorismo. En contraste, esa misma fecha, pero de diciembre del 2018, AMLO se ciñó la banda presidencial en ambiente de fiesta nacional. Arribó a la Cámara de Diputados sin resguardo personal ni operativos para contener las manifestaciones de júbilo. Y, después de un discurso de más de una hora en el cual delineó la Cuarta Transformación, se retiró. No a Los Pinos, pues el lugar desde muy temprano había sido abierto al público. Acudió al zócalo para encontrarse con representaciones de los pueblos originarios de todo el país y participar del ritual en su honor.

2013, primer año de Peña. Contrario a la animosidad popular, priismo y adherentes retornaron, ciertamente, envueltos en atmósfera de euforia. El anuncio de reformas estructurales (hacendaria, educativa y energética), entusiasmó a segmentos de la sociedad mexicana, incluyendo a los partidos Acción Nacional, de la Revolución Democrática (PRD), entonces liderado por Los Chuchos, del grupo Nueva Izquierda, y obviamente al PRI. Por supuesto, la firma del Pacto por México, en glamuroso acto realizado en el Castillo de Chapultepec, cautivó a analistas extranjeros. El Presidente entrante, con personalidad de hombre moderno, apuesto, joven, pragmático y con tinte visionario, hizo que miradas de otras latitudes voltearan a México y pronosticaran que el nuevo gobierno transformaría el rostro del país y mejoraría su lugar en el mundo. Thomas Friedman, hasta acuño el término “The Méxican moment”, reproducido en seguida en muchos espacios y discursos.

Con sonido de fanfarrias internacionales, se le presentaba como el nuevo miembro luminoso. De corta trayectoria política, pero permeado de las formalidades de la clase política mexiquense en la cual aprendió que, precisamente “en política, los problemas que se resuelven con dinero salen baratos”. Para más, Bill Richardson, exgobernador de Nuevo México, vio en Peña Nieto cualidades de tres líderes estadounidenses, aduló: combina el carisma de Reagan con la inteligencia de Obama y la habilidad política de Clinton. Y a escasos tres meses de gobierno, la espectacular captura en febrero de ese año, de Elba Esther Gordillo, lideresa del SNTE y oponente a la reforma educativa, para los admiradores fue señal también de carácter y resolución. Empero, terminó el primer año en que México parecía estar orgulloso de su gobernante. Llegó el 2014 y con él la tragedia de los normalistas de Ayotizinapa. Después, de los síntomas de corrupción e impunidad por conflictos de interés, el pus fue brotando. Uno seguido de otro propiciaron que, de las nubes y el cielo, la figura del presidente cayera al suelo.

2019, primer año de AMLO. Al tomar posesión describió un país en ruinas debido al desastre que causaron 36 años de neoliberalismo en los cuales corrupción, pobreza, desigualdad y violencia se desbordaron. Las cachetadas a los gobiernos panistas y priistas por el crecimiento de la deuda externa no las contuvo: Fox la dejó en 1.7 billones de pesos, con Felipe Calderón aumentó a 5.2 billones de pesos y Peña Nieto la cerró en 10 billones. Todo porque la corrupción pasó a ser la base del sistema político y económico junto con las privatizaciones, otra perla de la política neoliberal. En ese acto, la crisis de inseguridad, fue el tema en el que más se explayó. Con carácter de urgente solicitaría al Congreso, reformas constitucionales para crear la Guardia Nacional a la que pasarían 8 mil efectivos del Estado Mayor Presidencial y los 3 mil 200 agentes de Gobernación.  Además, cambiaría la estrategia: atender las causas que generan la violencia y no sólo hacer uso de la fuerza.   

En cuanto al presupuesto, aseguró estar convencido que es suficiente: alcanza cuidándolo, evitando excesos, gastos superfluos y sobre todo eliminando la corrupción arriba, en el gobierno. Enseguida, enumeró programas y prioridades. Y de todas ellas, dio cuenta primeramente en marzo, al cumplir 100 días de gobierno; la segunda en julio, en la conmemoración del primer aniversario de la victoria electoral de Morena. La tercera, el 1 de septiembre, fecha establecida constitucionalmente para tal fin. Y ayer, en el zócalo de la capital del país, hizo el primer balance anual. México, sin duda, tiene un presiente hiperactivo.

En este sentido, las conferencias mañaneras que a unos aburren y a otros les molestan, porque las explicaciones y aclaraciones que hace, dicen éstos, polarizan en lugar de conciliar, resultan útiles y no son obligatorias. Por demás, si aguantamos “las formalidades” y mentiras de otros presidentes, nos queda ser tolerantes con el actual.


Iguala, Gro., diciembre 2 del 2019.

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