opinion


Por: Álvaro Venegas Sánchez

Pasmo social ante vandalismo


Fecha Publicacion:  lunes, 28 de septiembre de 2020 - 01:12:00 -- Fecha Actualizacion lunes, 28 de septiembre de 2020 - 01:06:10

Hubo información previa, auspiciada en conferencia mañanera, que el sábado 26 del mes en curso, el presidente López Obrador iba a reunirse con los familiares de los 43 normalistas desaparecidos para informarles del avance en la investigación. A periodistas que preguntaron un día y otro también no quiso adelantar nada. En cambio, reiteró compromiso y disposición de ayudar para que se conozca la verdad y saber qué pasó con los jóvenes. Argumenta: “es una cuestión de Estado”. Al tomar posesión, diciembre 1 de 2019, hizo esa promesa y a menos de dos años, por lo que ha hecho, solamente por deshonestidad, malquerencia política o desafecto personal se le puede acusar de insensible, incongruente o mentiroso.

El fin de semana, aconteció lo anunciado. En Palacio Nacional, los funcionarios inmersos en las tareas de investigación y seguimiento acompañaron al presidente para atender y explicar a los directamente interesados, las acciones y resultados obtenidos a la fecha. Sobre el caso, hay que destacarlo, la opinión pública no percibe negativa o simulación de interés de parte del gobierno federal. De ahí el asombro colectivo que causan las manifestaciones de protesta al grado de vandalismo. Manifestarse y culminar con destrozos a instalaciones como sucedió en el Congreso del estado habiendo cita agendada con autoridades de alto nivel, da para inferir por sentido común que, lo sucedido allí y en los demás actos realizados durante la semana con saldo similar, no son resultado de la espontaneidad sino debidamente premeditados por grupos de apoyo. 

La sociedad entiende la dimensión del sentimiento de los padres que, a seis años de la terrible noche de Iguala, no saben nada de sus hijos. Empero también la sociedad imagina las dificultades del nuevo gobierno. Éste, es de dominio público, retomó el asunto después de cuatro años. Tiempo en el cual, las primeras pesquisas las hizo la fiscalía estatal, luego corrieron a cargo de la PGR y cada instancia, con sus perspectivas y facultades, para bien o para mal, intervino queriendo aclarar y resolver el problema. Finalmente, mediante torturas, omisiones e investigaciones sesgadas, los responsables del esclarecimiento de la desaparecida Procuraduría General de la República, por cansancio y nulo interés, desoyendo recomendaciones de los expertos internacionales construyeron, para cerrar el caso, una verdad histórica. Verdad que, más allá de ellos mismos y del entonces presidente Peña Nieto, quien la avaló, a nadie convenció. 

Ciertamente urge saber el paradero de los estudiantes, qué sucedió. Y, por donde quiera verse, no es fácil. Apenas, quizás, si quienes cometieron los hechos, en un acto de arrepentimiento, ayudaran reconociendo lo que hicieron. Gran deseo como ingenuidad. El pasmo social se debe a ello. De pronto nadie sabe qué hacer ni que decir. El dolor y la desesperación de los familiares, compañeros de la Escuela Normal y amigos de las comunidades de origen de los normalistas en condición de desaparecidos, es comprensible. Por ello mismo, el gobierno actual debe actuar con prisa, pero con sumo cuidado; no puede salir con la verdad maquillada de Karam y Zerón de Lucio o a exponer otra mentira. La palabra empeñada de llegar a donde sea necesario, tope lo que tope, es un reto enorme.

Sin embargo, el presidente volvió a reiterar frente a los padres de los 43 y de cara al pueblo de México, el sábado 26, en acto que él mismo calificó de “trascendente, triste y lamentable”, que “no es títere ni pelele de ningún grupo, que hay órdenes de aprehensión contra militares, que seguirá pendiente e informando cada mes hasta que se conozca la verdad en torno al paradero de los muchachos y que, no por prisa, va a fabricarse otra falsedad”.

Otra vez, en general la ciudadanía, aunque no acude a marchas de apoyo, comprende y es solidaria con el dolor, la angustia y desesperación de los familiares; pero mientras Enrique Peña Nieto llegó al absurdo de pedirles que superaran el sentimiento y vieran hacia adelante, ahora la gente percibe voluntad y disposición oficial. No es lo mismo. Y siendo así, habría que repensar el efecto social de manifestarse devastando inmuebles. El vandalismo, como forma de lucha y expresión de indignación, ¿ayuda y fortalece o debilita a la institución presidencial? Quizás vale la pena hacer un esfuerzo de análisis sereno. Considerar que el asunto Ayotzinapa no es el único que heredaron al gobierno actual y hay sectores que, impulsados por intereses mezquinos, mientras unos piden a gritos la renuncia de López Obrador, otros ayudan en silencio y están en plan de acercamiento para mermarle presencia en el 2021. 

Tenía en mente otro tema para esta ocasión. Un llamado-invitación a través de las redes sociales el viernes 25, dirigido a ciudadanos igualtecos “hartos de vandalismos impunes” contra los “supuestos estudiantes de Ayotzinapa” que cada año causan destrozos en la ciudad, para no permitir el paso en las entradas a los autobuses que los trasladan, hizo que cambiara de opinión. Hay personas que, desde que ocurrieron los hechos no se explican por qué acontecieron en esta ciudad estando a más de 120 kilómetros de Tixtla, municipio en que se ubica la Normal Raúl Isidro Burgos y viernes en la noche. En lo personal, me siento orgulloso de haber egresado de esa escuela, allá en junio de 1968. Espero que mi opinión no incomode a los anti sistémicos dados a la confrontación.       


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