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Por: José Rodríguez Salgado

Mi maestra Carmen de la Fuente A Rocío Mendoza García, condiscípula y amiga.

Presencias y evocaciones


Fecha Publicacion:  jueves, 8 de abril de 2021 - 01:21:00 -- Fecha Actualizacion miércoles, 7 de abril de 2021 - 23:40:41

Nada más grato que dedicar esta columna a la Maestra Carmen de la Fuente, quien fuera mi profesora de literatura mexicana en los inicios de los sesentas del siglo pasado. Pretendo rendir cálido homenaje a la escritora, poeta, crítica, ensayista, dramaturga, antóloga y docente en las acreditadas instituciones de nivel superior. Nació el 10 de abril de 1915 y falleció el 13 de octubre de 2013. Además de su alumno fui su lector, partidario y amigo. Su afable trato perduró hasta el final de sus días. Estudió en la Escuela Nacional de Maestros y en la Normal Superior de México. Su amor por la divulgación de la cultura literaria la condujo a fundar la revista “Vórtice”, con la colaboración de Isaac Palacios Martínez, Ricardo Grijalva de León, Juan García Jiménez, Ricardo Oropeza Martínez y una decena de nombres más. Aunada a su labor docente destaca su producción literaria y política. En la Tribuna de México desempeñó los cargos de vicepresidenta en 1961 y de presidenta al año siguiente.

Fue una mujer valiosa, notable, de talento extraordinario, de fácil palabra y de una inmensa capacidad para entender y crear poesía. Perteneció a la estirpe de las grandes figuras femeninas de México. En su formación contó con la influencia decisiva del estridentista Arqueles Vela Salvatierra, quien estimuló sus esfuerzos y alentó su sensibilidad. Fue una de sus discípulas más brillantes y sin duda uno de sus mayores logros. Dueña de una admirable capacidad para el trabajo y disciplinada a los mandatos de su inteligencia y corazón. Forjó a lo largo de su vida una valiosa bibliografía: Anhelos interiores (1944), De la llama sedienta (1952), Canto al hombre (1953), Lázaro Cárdenas (1953), Las ánforas de abril (1963), Entre combate y tregua (1965), López Velarde (1971), Procesión de la memoria (1978), Como la luz, antología (1985), Cartas mediterráneas (1985), Nada en mi corazón (1985), Elegías de septiembre (1994), Netzahualcóyotl, brazo de león (1999), Viaje por un siglo (2000), De amores visibles e invisibles (2004), La volanda: evolución del estridentismo (2010), Libros de poesía, teatro, relato y ensayo, Nueva epístola a Fabio y Proceso de la memoria. Conviene revisar sus Obras Completas editadas a principios de siglo.

Luchadora social, poeta distinguida, jamás abandonó esas dos descomunales tareas. Es en el teatro en donde mayores logros tuvo Carmen de la Fuente. Sus obras Cono Sur y Netzahualcóyotl, brazo de León, fueron premiadas. El Instituto Politécnico Nacional es el sitio en donde dejó su mayor esfuerzo, la prueba es que escribió la letra del himno al IPN. Afortunadamente la institución le rindió en vida varios homenajes y le entregó la Medalla “Juan de Dios Bátiz”, como reconocimiento a sus más de treinta años de ejercicio docente. Fue una mujer con una gran presencia física, bella, inteligente, de buenas maneras y trato siempre respetuoso y cordial; aguda escritora, con una gran y correcta postura política por añadidura.

En un país en donde se suele saltar de un partido a otro, o cambiar de ideología según sus particulares intereses ella permaneció firme, fiel a la doctrina e ideas avanzadas que contribuyeron a formarla en su juventud. Durante años escribió en los suplementos culturales de las principales revistas y periódicos de México, en la época en que algunos medios privilegiaban el cultivo del arte y de la ciencia. Algo que debe señalarse en justicia, es que fue extraordinariamente generosa, sabia dar, escuchar, señalar, aconsejar, enseñar y disentir con elegancia. Su bondad no tenía límites, su simple presencia inspiraba equilibrio en las facultades y mesura espiritual. Nos preguntamos ¿Es tan difícil ser bueno y decente en nuestro México? ¿Qué tan complejo es ayudar al prójimo o al menos no vituperarlo, calumniarlo, enlodarlo?

A Carmen de la Fuente jamás se le conoció flaqueza o ligereza alguna, siempre serena, equilibrada, mesurada... nunca se le escuchó criticar por sus defectos y limitaciones a otras personas por sus ideas reaccionarias, posición económica o social. A los que estaban en la trinchera de enfrente, los combatió con inteligencia, energía y sin fines destructivos. Sobresale su condición de gran preceptora, Maestra con mayúscula, el calificativo se lo ganó a pulso a fuerza de dictar clases. Fue maestra de la vida, nos enseñaba la literatura y política, a la vez que mostraba el camino más adecuado para el país. En su obra escrita notamos que sigue creciendo cada día, a través de los años de su ausencia encontramos mayores valores y más talento. Es una clásica dentro de las letras nacionales y ocupa uno de los más altos escaños, es un claro ejemplo de la academia y la cultura, factores que México necesita. Estoy releyendo su ensayo sobre López Velarde, con deleite y emoción.

Fue un privilegio haberla conocido, escucharla en la cátedra y disfrutado de la religiosidad de su amistad.                                                     Abril 08 de 2021.


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