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Por: Rafael Domínguez Rueda

-Evocando a Hermilo Castorena Noriega.

Revista de la Semana


Fecha Publicacion:  miércoles, 13 de enero de 2021 - 01:16:00 -- Fecha Actualizacion martes, 12 de enero de 2021 - 23:37:25

Hace tiempo, en esta columna, hablé de mis tres grandes maestros de la vida: Hermilo Castorena, José Rodríguez y Margarito López. Hoy, estaría cumpliendo 96 años don Hermilo que ya goza de la paz de Dios. Desde que nos conocimos –hace 50 años- nació una hermandad que ni el Vino ahogó, ni el Aire asfixió, ni el fuego amigo calcinó y menos la Tierra ha sepultado.

Hermilo Castorena Noriega nació en el Puerto de Veracruz en 1925. En 1945 eligió para iniciar su labor profesional: Iguala. Dos años después pasó a Chilpancingo, donde vivió hasta sus últimos días. Desde su niñez se hizo lector, poco después escritor. Castorena cumplió casi tres cuartas partes de siglo de vida dedicado al telégrafo paralelo de locución, leer y escribir.  

De la lectura de los libros y las infinitas colaboraciones para la prensa de Hermilo Castorena Noriega podríamos decir que don Hermilo nació sabiendo leer y escribir.

A los 20 años, en Iguala, colaboraba en el periódico que editaba Jesús Díaz Ochoa. En 1995, cuando cumplió 50 años de haber llegado a Guerrero, se le hizo un homenaje. Él, a cambio, nos regaló: “Crónica Igualteca”. Un ameno, interesante e ilustrativo relato de los personajes, gastronomía, sitios, usos y costumbres de esta Ciudad, de los años cuarenta. Su vida como narrador fue de más de 70 años, su vida como poeta de 68. Su vida como locutor de 30.

Castorena se fincó como un hombre de letras, académico desde sus primeros textos y no hizo con el tiempo sino consolidar y ampliar su sitio como una piedra fundadora de la literatura guerrerense. Necesitó 25 años para que su idea quedara convertida en la Enciclopedia Guerrerense, apoyada en una colección que él había reunido de más de tres mil libros especializados en el tema. Biblioteca que, por fortuna, resguarda el Museo de la Bandera.

A mi modo de entender, clásico es el autor al que distintas generaciones leen a través del tiempo con el mismo fervor. Cada vez que leo una página de don Hermilo, esa misma página que leí una generación atrás, cuando yo mismo era otra generación, y he encontrado en ella una fresca actualidad, una cuidadosa redacción, un profundo pensamiento, una clara sencillez y una viveza de ingenio.

Me sorprende encontrar esas virtudes clásicas –actualidad, redacción, pensamiento, sencillez y chispa- lo mismo en sus escritos de adolescente que en los textos de su madurez.

Por encima de las querellas de sus contemporáneos, él era impasible. Leía, se daba tiempo para asesorar a estudiantes, curiosos e investigadores, acudía a laborar a su centro de trabajo, no faltaba a tertulias con escritores, poetas y amigos. A ¿qué horas escribía? Nunca le preguntamos, pero escribía y enseñaba en una extraña soledad comunicada con el mundo por la lectura y la testificación ávida, desconsolada, de las cosas de su momento.

Hermilo Castorena Noriega fue telegrafista, periodista, locutor, escritor, ensayista, cronista, funcionario y bibliófilo. En reuniones sociales tenía la capacidad, al final, de hacer una crónica en verso. Tenía una memoria prodigiosa. Era una enciclopedia andante.

Varios tomos necesitaría para formar la narración de las vivencias con el ahora muy recodado maestro Castorena Noriega, si intentara recopilar todos sus escritos, poemas, ensayos, epigramas y notas.

Sucede que en ocasiones transcurrimos al lado de personajes que nos son tan familiares y cotidianos, que la cercanía del árbol del afecto nos impide ver el bosque de una vida rica y sorprendente que se inscribe más en lo imaginado de una historia que en el rigor del acontecer de la existencia verdadera.

Y no se trata lo anterior de “un decir” o de una afirmación gratuita, si lo referimos al caso de ese conocido servidor público e intelectual, cronista y amigo entrañable que responde al sonoro nombre de Hermilo Castorena Noriega, es, simplemente, aventurar el diagnóstico de algunos de los episodios clave de su vida y que viajan en el filo donde hacen frontera la realidad y lo excelso, pues él poseía la facultad de formar un mundo de la nada. 


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