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Lic. Martín Lagunas Brito.

Revista de la Semana


Fecha Publicacion:  miércoles, 15 de julio de 2020 - 06:40:00 -- Fecha Actualizacion miércoles, 15 de julio de 2020 - 01:08:02

Por: Rafael Domínguez Rueda

En esta ocasión, hablemos, casi en sordina, como deben hablar las lágrimas del hombre, si halaran las lágrimas del hombre; digamos simplemente la oración de la ausencia, la nostalgia y el silencio.

Hace casi un mes -11 de junio- recibí la noticia: el Lic. Martín Lagunas Brito había emprendido el Ultimo Viaje, ese que es como un ir deshaciéndose poco a poco hasta llegar al polvo. Sin embargo, nosotros creemos que, si bien es cierto que "polvo somos y en polvo nos habremos de convertir", también es verdad que el polvo que piensa, no vuelve al polvo y el alma que siente la belleza, la bondad, el desinterés y el amor no puede volver al polvo, no desaparece definitivamente, sino que la muerte es un tránsito para que perdure en la inmovilidad, en la eternidad.

Estos son los momentos en que el corazón usa de las razones que la razón no conoce; estos son los momentos que quisiéramos, que una sucesión de pausas, de ayes, de silencios tratara de expresar esa sensación que se anuda en la garganta.

La muerte, qué inútil explicarla o razonarla, es una casa enorme sin ventanas. La muere es un camino que tal vez no lleve a ninguna parte. La muerte es un mar sin barcos. La muerte es un pájaro sin alas. La muerte es una voz que se quiebra y se rompe frente a los muros del vacío. Y sólo nos queda después la angustia del propio vacío.

Nosotros, sin duda, ya no nos encontraremos en las calles, los gratos encuentros, con las viejas ilusiones y las viejas risas y las viejas conversaciones; pero es seguro que en las escaleras de los juzgados y de las oficinas donde litigaba, deben subir y bajar, deben deambular su voz sonora, sus pasos compasados y su inclinación característica que nos eran familiares.

Pero, esta pandemia no tiene respeto y día a día nos enteramos de muchos nombres conocidos, vecinos, familiares y amigos. Somos como un cuerpo de soldados, uno tras uno va cayendo y sólo nos queda esperar nuestro turno. Y esto podría llenarnos más de tristeza de la que ya tenemos, si no fuera porque en la misma muerte, en la misma noche, en la misma sombra, el hombre se aferra a una ciega esperanza, a una esperanza de sobrevivir a la propia muerte. Cuando Esquilo, el maestro, puso en los labios de Prometeo esta verdad: ¡He vencido al dolor y a la muerte, porque he prendido en el corazón de los hombres la ciega esperanza!, Esquilo nos abrió el camino para no sucumbir de angustia, de nostalgia y de tristeza frente a los muertos. Y este deseo de perdurabilidad, este deseo de detenernos en el tiempo, este deseo de vencer al espacio, es lo que ahora nos motiva a evocar la figura de Martín Lagunas Brito.

Siempre que evoco a Lagunas Brito, lo recuerdo como un joven impetuoso, como la de un joven que tuvo en sus ojos todo el universo, como la de un joven versátil que tenía en sus manos todos los paisajes y por fortuna, no dejó de jugar con la oratoria y la poesía.

Él siempre fue inquieto. No podía estar atado a una oficina. Así, su paso por  Caminos y Puentes en Cuernavaca fue pasajero, como lo fue en la Dirección de la Escuela de Bachilleres,

Las generaciones son un conglomerado de hombres y mujeres que piensan más o menos lo mismo, que coinciden en el tiempo y en el espacio y que se mueven con un mismo lenguaje, una misma emoción. Pero la generación nuestra, la que agrupó Nereo Mar con otros 30 compañeros -entre los que figuraban Herminio Chávez, Pepe Jile, Ma. de la Luz Zamilpa, Salvador Román y  Lagunas Brito-, es una generación excepcional, sirve de puente luminoso a las generaciones que preparó en la década de los cuarenta Eugenio Miranda y la generación que brilló en la década de los veintes con Francisco Rodríguez y otras 10 ilustres maestras. Pero nuestra generación de tránsito, nuestra generación de puente, nuestra generación de enlace, tiene un extraordinario privilegio: vino a dar vida social a la cultura, a la fiesta del espíritu. Se nos fue ciertamente, pero qué importa si queda la amistad en los amigos, si sus alumnos le guardan gratitud; se nos fue ciertamente un espíritu positivo, un hombre que deja un legado difícil de superar: el testimonio de cientos de concursos donde figuró como organizador o como jurado, un manojo de libros poéticos y ese dinamismo que aportó como uno de los activos fundadores del Festival Yohuala.

A veces es difícil obtener consuelo de las palabras, pero espero que las mías, señora Ana Inocencio Miranda, jóvenes Martín, Margarita y Arturo, puedan transmitirles lo mucho que siento la pérdida de su esposo y padre.


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